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BENDICIÓN DE LOS PEREGRINOS

I. RITO DE LA BENDICIÓN DE LOS PEREGRINOS AL EMPRENDER EL CAMINO

RITOS INICIALES

Reunida la comunidad de peregrinos, según las circunstancias, se canta el salmo 121 (122) u otro canto adecuado. Terminado el canto, el celebrante dice: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Todos se santiguan y responden:

Amén.

Luego saluda a los presentes, diciendo:

Dios, que es nuestra salvación y nuestro consuelo, esté con todos vosotros.

U otras palabras adecuadas, tomadas preferentemente de la sagrada Escritura.

Todos responden:

Y con tu espíritu.

O de otro modo adecuado.

El celebrante dispone a los presentes a recibir la bendición, con estas palabras u otras semejantes:

Queridos hermanos: A punto de emprender esta santa peregrinación, conviene recordar cuál ha sido nuestra intención al concebir este santo propósito.

Los lugares que deseamos visitar atestiguan la devoción del pueblo de Dios, que acude allí en gran número para Volver fortalecidos en su voluntad de vivir cristianamente y de practicar con alegría la caridad.

Pero también nosotros, los peregrinos, debemos aportar algo a los fieles que viven allí, a saber, el ejemplo de nuestra, fe, esperanza y caridad, para que todos, los que allí viven y nosotros, nos edifiquemos mutuamente.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

Luego el lector, uno de los presentes o el mismo celebrante, lee un texto de la sagrada Escritura.

2 Co 5, 6b-10: Estamos desterrados lejos del Señor

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del apóstol san Pablo a los Corintios.

Mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe.

Y es tal nuestra confianza, que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor.

Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle.

Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos este cuerpo. Palabra de Dios.

Pueden también leerse: Is 2, 2-5; Lc 2, 41-51; Lc 24, 13-35; Hb 10, 19-25; 1P 2, 4-12.

Según las circunstancias, se puede decir o cantar un salmo responsorial u otro canto adecuado.

Salmo responsorial Sal 23 (24), 1-2. 3-4ab. 5-6 (R.: cf. 6)

R. Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos. R.

¿Quién puede subir al monte del Señor?

¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos. R.

Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob. R.

O bien:

Sal 26 (27), 1. 4. 13-14

R. (cf. 4) Una cosa pido al Señor: habitar en la casa del Señor.

El celebrante, según las circunstancias, exhorta brevemente a los presentes, explicándoles la lectura bíblica, para que perciban por la fe el significado de la celebración.

PRECES

Sigue la plegaria común. Entre las intercesiones que aquí se proponen, el celebrante puede seleccionar las que le parezcan más adecuadas o añadir otras más directamente relacionadas con las circunstancias de los peregrinos o del lugar. Llenos de confianza, invoquemos a Dios, principio y fin e nuestra peregrinación humana, diciendo:

R. Acompáñanos, Señor, en nuestro camino.

Padre santo, que antiguamente fuiste guía y camino para el pueblo que peregrinaba en el desierto,

— protégenos ahora que vamos a emprender este camino y haz que, superando todo peligro, regresemos felizmente a nuestro hogar. R.

Tú que nos diste a tu Hijo único como el camino para llegar a ti, — haz que lo sigamos con fidelidad y perseverancia. R.

Tú que nos diste a María siempre Virgen como modelo y ejemplo del seguimiento de Cristo,

—haz que, teniéndola ante nuestra mirada, andemos siempre en una vida nueva. R.

Tú que, por el Espíritu Santo, guías hacia ti a la Iglesia que peregrina en este mundo,

— haz que, buscándote a ti por encima de todo, corramos por el camino de tus mandatos. R.

Tú que nos llamas hacia ti por senderos de justicia y de paz, — haz que un día podamos contemplarte en la patria eterna. R.

ORACIóN DE BENDICIóN

El celebrante, con las manos extendidas, añade: Dios todopoderoso,

que otorgas tu misericordia a los que te aman y en ningún lugar estás lejos de los que te buscan, asiste a tus servidores

que emprenden esta piadosa peregrinación y dirige su camino según tu voluntad; que de día los cubra tu sombra protectora y de noche los alumbre la luz de tu gracia,

para que, acompañados por ti, puedan llegar felizmente al lugar de su destino.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

CONCLUSIóN DEL RITO

El celebrante concluye el rito, diciendo: El Señor dirija nuestro camino y lo haga próspero y saludable.

R. Amén.

El Señor nos asista y se digne ser nuestro acompañante. R. Amén.

Que el camino que ahora confiadamente emprendemos lo terminemos felizmente con la ayuda de Dios. R. Amén.

Según las circunstancias, se entona un canto adecuado.

II. BENDICIÓN DE LOS PEREGRINOS ANTES O DESPUÉS DE SU

REGRESO

Reunida la comunidad de peregrinos, se entona, según las circunstancias, algún canto adecuado, por ejemplo: Urbs Ierusalem beata, u otro que se adapte al lugar y a las circunstancias. Terminado el canto, el celebrante dice: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Todos se santiguan y responden:

Amén.

Luego el celebrante saluda a los presentes, diciendo:

Dios, que es nuestra esperanza y nuestro consuelo, os llene de paz y de gozo en el Espíritu Santo.

U otras palabras adecuadas, tomadas preferentemente de la sagrada Escritura.

Todos responden:

Amén.

O bien:

A él la gloria por los siglos de los siglos.

O de otro modo adecuado.

El celebrante dispone a los presentes a recibir la bendición, con estas palabras u otras semejantes:

Esta peregrinación ha sido un tiempo de gracia que Dios nos ha concedido. Al visitar con fe estos santos lugares, sentimos un impulso de renovación espiritual.

Los santuarios que hemos visitado son un signo de aquella casa de Dios no hecha por mano de hombre, es decir, el cuerpo de Cristo, del cual nosotros somos piedras vivas y elegidas, edificados sobre él, que es la piedra angular. Ahora, al volver a casa, hemos de esforzarnos en vivir nuestra vocación cristiana, por la cual somos realmente una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada y un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

Luego el lector, uno de los presentes o el mismo celebrante, lee un texto de la sagrada Escritura.

1 Cro 29, 9-18: Ante ti somos emigrantes y extranjeros

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del primer libro de las Crónicas.

El pueblo, lleno de generosidad, se alegraba de ofrecer algo al Señor, y también David sentía gran alegría.

Entonces bendijo al Señor en presencia de toda la comunidad y dijo:

«Bendito eres, Señor, Dios de nuestro padre Israel, por los siglos de los siglos.

Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, el esplendor, la majestad, porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra, tú eres rey y soberano de todo. De ti viene la riqueza y la gloria, tú eres Señor del universo, en tu mano está el poder y la fuerza, tú engrandeces y confortas a todos. Por eso, Dios nuestro, nosotros te damos gracias, alabando tu nombre glorioso.

Ni yo ni mi pueblo somos nadie para ofrecerte todo esto, porque es tuyo, y te ofrecemos lo que tu mano nos ha dado. Ante ti somos emigrantes y extranjeros, igual que nuestros padres. Nuestra vida terrena no es más que una sombra sin esperanza. Señor, Dios nuestro, todo lo que hemos preparado para construir un templo a tu santo Nombre viene de tus manos y a ti te pertenece. Sé, Dios mío, que sondeas el corazón y amas la sinceridad. Con sincero corazón te ofrezco todo esto, y veo con alegría a tu pueblo aquí reunido ofreciéndote sus dones. Señor, Dios de nuestros padres Abrahán, Isaac e Israel, conserva siempre en tu pueblo esta forma de, pensar y de sentir, mantén sus corazones fieles a ti.» Palabra de Dios.

Pueden también leerse: Lc 24, 28-35; Jn 5, 1-15; Jn 9, 1-38; Hch 8, 26-35; Hb 13, 12-21.

Según las circunstancias, se puede decir o cantar un salmo responsorial u otro canto adecuado.

Salmo responsorial Sal 121 (122), 1-2.

4-5. 6-7. 8-9 (R.: cf. 1)

R. Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. R.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David. R.

Desead la paz a Jerusalén: «Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios.» R.

Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: «La paz contigo.» Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien. R.

O bien:

Sal 83 (84), 3. 4. 5-6. 7-8

R. (2) ¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!

El celebrante, según las circunstancias, exhorta brevemente a los presentes, explicándoles la lectura bíblica, para que perciban por la fe el significado de la celebración.

PRECES

Sigue la plegaria común. Entre las intercesiones que aquí se proponen, el celebrante puede seleccionar las que le parezcan más adecuadas o añadir otras más directamente relacionadas con las circunstancias de los peregrinos o del lugar.

Invoquemos al Señor de cielo y tierra, que ha querido q la plenitud de la divinidad habitara en la naturaleza human de Cristo, y digámosle:

R. Vuelve los ojos desde tu santa morada, Señor, y bendice a tu pueblo.

Padre santo, que quisiste que en el éxodo pascual fuera prefigurado místicamente el camino de salvación que ha de recorrer tu pueblo, — haz que al cumplir nuestra peregrinación nos adhiramos a ti con ánimo fuerte y voluntad plena. R.

Tú que has puesto a tu Iglesia en el mundo como un santuario desde donde brilla la luz verdadera,

— haz que hacia ella confluyan de todas partes pueblos numerosos y marchen por tus senderos. R.

Tú que nos has revelado que aquí no tenemos ciudad permanente, — haz que andemos con fe en busca de la futura. R.

Tú que nos enseñas que en los caminos de la vida hay que discernir los signos de tu presencia,

— haz que también nosotros tengamos a tu Hijo por compañero de camino y de mesa en la fracción del pan. R.

ORACIóN DE BENDICIóN

El celebrante, con las manos extendidas, añade:

Bendito. seas, Dios,

Padre de nuestro Señor Jesucristo, que de entre todas las naciones te elegiste un pueblo consagrado a ti, dedicado a las buenas obras; tú que has tocado con tu gracia

el corazón de estos hermanos para que se unan a ti con más fe y te sirvan con mayor generosidad, dígnate colmarlos de tus bendiciones, para que, al regresar a su casa con alegría, proclamen de palabra tus maravillas y las manifiesten ante todos con sus obras. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

CONCLUSIóN DEL RITO

El celebrante concluye el rito, diciendo: El Señor de cielo y tierra,

que ha estado con vosotros en esta peregrinación, os guarde siempre. R. Amén.

Dios, que en Cristo Jesús ha reunido a sus hijos dispersos, os conceda que tengáis en él un mismo pensar y un mismo sentir. R. Amén.

Dios, que activa en vosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor, os bendiga y reafirme vuestra devoción. R. Amén.

Es aconsejable terminar el rito con un canto adecuado.