Sacerdotes y consagrados


Bendicional

  Cruz

BENDICIÓN DE UNA NUEVA CRUZ

RITO DE LA BENDICIÓN

RITOS INICIALES

Si ello es factible, conviene que la comunidad de los fieles se dirija procesionalmente desde la iglesia u otro lugar adecuado al lugar donde se ha erigido la cruz que se ha de bendecir. Si la procesión no puede hacerse o no parece oportuna, los fieles se reúnen en el lugar donde se ha erigido la cruz que se ha de bendecir.

Reunido el pueblo, el celebrante saluda a los fieles, diciendo: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por nosotros colgó del madero, esté con todos vosotros.

U otras palabras adecuadas, tomadas preferentemente de la sagrada Escritura.

El pueblo responde: Y con tu espíritu.

O de otro modo adecuado.

Luego el celebrante habla brevemente a los fieles para disponer su ánimo a la celebración y explicar el significado del rito; puede hacerlo con estas palabras u otras semejantes:

Al bendecir solemnemente esta cruz, queridos hermanos, veneremos con fe el designio eterno de Dios, según el cual el misterio de la cruz se ha convertido en el signo de la misericordia divina. Siempre que miremos la cruz, recordaremos que en ella culminó el misterio del amor con el que Cristo amó a su Iglesia. Siempre que saludemos la cruz, acordémonos de que Cristo, suprimiendo con su sangre toda división, hizo de todos los hombres un solo pueblo.

Siempre que veneremos la cruz, pensemos que somos y nos declaramos discípulos de Cristo y, cargando todos cada día con la propia cruz, sigámoslo con generosidad.

Esforcémonos, pues, por asistir atentamente a esta celebración, para que el misterio de la cruz brille ante nuestros ojos con un nuevo fulgor y podamos sentir con más fuerza su eficacia.

Terminada la monición, el celebrante dice:

Oremos.

Y todos oran durante algún tiempo en silencio. Luego el celebrante prosigue:

Oh Dios, cuyo Hijo, al pasar de este mundo a ti, clavado en el árbol de la cruz, reconcilió contigo a la familia humana, dirige tu mirada sobre estos servidores tuyos, que han levantado esta señal de salvación, y concédeles que, protegidos por su poder, cargando con su cruz cada día y siguiendo el camino del Evangelio,

alcancen felizmente la meta del cielo.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

Todos:

Amén.

El diácono, si las circunstancias lo aconsejan, hace la monición:

Marchemos en paz.

Y se organiza la procesión hacia el lugar donde se ha erigido la cruz. Mientras avanza la procesión, se canta la antífona.

R. Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

Con el salmo 97 (98), un himno u otro canto adecuado.

Salmo 97 (98)

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. R.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia:

se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad. R.

Tañed la citara para el Señor, suenen los instrumentos:

con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor. R.

Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes al Señor, que llega para regir la tierra. R.

Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud. R.

Si no ha de hacerse la procesión, inmediatamente después de la colecta, omitido el canto, se hace la lectura de la palabra de Dios.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

Luego el lector, uno de los presentes o el mismo celebrante, lee uno o varios textos de la sagrada Escritura, seleccionados principalmente entre los que se indican a continuación o los que se proponen en el Leccionario sobre el misterio de la santa cruz[25], intercalando los convenientes salmos responsoriales o bien espacios de silencio.

La lectura del Evangelio ha de ser siempre el acto más relevante. También pueden emplearse las lecturas que propone el Leccionario sobre la pasión del Señor[26].

Flp 2, 5-11: Serebajóhastasometerseinclusoalamuerte, yunamuertedecruz

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del apóstol san Pablo a los Filipenses.

Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobretodo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: «Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. »

Palabra de Dios.

Pueden también leerse: Nm 21, 4-9; 1Co 2, 1-5; Hb 4, 12-16; Jn 3, 13-17;Jn 19, 25-27.

Según las circunstancias, se puede decir o cantar un salmo responsorial u otro canto adecuado.

Salmo responsorial Sal 30 (31), 2 y 6.

12-13. 15-16. (R.: Lc 23, 46)

R. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

A ti, Señor, me acojo:

no quede yo nunca defraudado; tú, que eres justo, ponme a salvo. A tus manos encomiendo mi espíritu:

tú, el Dios leal, me librarás. R.

Soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos; me ven por la calle, y escapan de mí. Me han olvidado como a un muerto, me han desechado como a un cacharro inútil. R.

Pero yo confío en ti, Señor, te digo: «Tú eres mi Dios.» En tu mano están mis azares; líbrame de los enemigos que me persiguen. R.

O bien:

Sal 21 (22), 8-9. 17-18a. 23-24b

R. (2a) Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Sal 54 (55), 5-6. 13. 14-15. 17-18. 23

R. (23ab) Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará.

El celebrante, según las circunstancias, exhorta brevemente a los presentes, explicándoles la lectura bíblica, para que perciban por la fe el significado de la celebración y el poder de la cruz del Señor.

ORACIóN DE BENDICIóN

Terminada la homilía, el celebrante, de pie ante la cruz, con las manos extendidas, dice la oración de bendición:

Te bendecimos, Señor, Padre santo, que, en el exceso de tu amor,

nos procuraste el remedio de la salvación y de la vida en el árbol, de donde el primer hombre había sacado ruina y muerte.

Porque, cuando llegó la hora de su Pascua, Jesús, el Señor, sacerdote, maestro y rey, ascendió voluntariamente al árbol de la cruz y lo convirtió en trono de su gloria, en altar de su sacrificio, en cátedra de la verdad. Allí, elevado sobre la tierra, venció al antiguo enemigo y, vestido con la púrpura de su sangre, atrajo hacia sí, lleno de amor, a todos los hombres; allí, con los brazos extendidos, te hizo, Padre, la ofrenda de su vida e infundió una fuerza salvadora a los sacramentos de la nueva alianza; allí, enseñó con su muerte lo que antes había anunciado de palabra:

que el grano de trigo, cuando muere, produce fruto abundante. Así, pues, te suplicamos, Señor,

que tus fieles, al venerar este signo de salvación, reciban los frutos de redención que Cristo Jesús mereció con su pasión; que en la cruz den muerte a sus pecados y que, por el poder de esta cruz, dominen la soberbia y fortalezcan su debilidad;

que en ella encuentren consuelo en sus aflicciones y seguridad en sus peligros; y que, protegidos por su poder, recorran sin daño los caminos de este mundo, hasta que tú, Padre, los recibas en el hogar del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor. R. Amén.

O bien:

Señor, Padre santo,

que quisiste que la cruz de tu Hijo fuera la fuente de toda bendición y el origen de todos tus beneficios, atiende generoso a nuestras súplicas, ya que hemos alzado esta cruz como un testimonio de nuestra fe, y concédenos que, viviendo, aquí en la tierra, unidossiempre al misterio de la pasión de Cristo, alcancemos el gozo eterno de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor. R. Amén.

El celebrante pone incienso en el incensario e inciensa la cruz. Después se canta la antífona:

Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos; por el madero ha venido la alegría al mundo entero.

O bien:

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.

U otro canto adecuado en honor de la santa cruz.

Terminado el canto, si puede hacerse cómodamente, el celebrante, los ministros y los fieles veneran la nueva cruz: se acercan a ella ordenadamente uno tras otro y le hacen alguna señal de veneración, según las costumbres del lugar. Si esto no es posible, el celebrante, con unas breves palabras, invita al pueblo a venerar la santa cruz, y éste la venera, guardando algún tiempo de silencio o profiriendo una adecuada aclamación, por ejemplo:

Esta señal de la cruz brillará en el cielo cuando venga el Señor para juzgar.

CONCLUSIóN DEL RITO

Terminada la veneración de la cruz, se hace la oración universal, en la forma acostumbrada en la celebración de la Misa, o en la forma aquí propuesta:

Invoquemos a nuestro Redentor, que nos ha redimido por su cruz, y digámosle:

R. Por tu cruz, sálvanos, Señor.

Cristo, tú que te despojaste de tu gloria y tomaste la condición de

esclavo, pasando por uno de tantos,

— haz que todos los miembros de la Iglesia imitemos tu humildad. R.

Cristo, tú que te rebajaste hasta someterte incluso a la muerte, y una muerte de cruz,

— otórganos, a tus servidores, la virtud de la sumisión y la paciencia. R.

Cristo, tú que fuiste levantado sobre todo por Dios, que te concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»,

— concede a tus fieles la perseverancia hasta el fin en tu servicio. R.

Cristo, a cuyo Nombre ha de doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo,

— atrae a todos los hombres hacia tu corazón, para que te veneren y te adoren con fe. R.

Cristo, a quien toda lengua proclamará Señor, para gloria de Dios Padre,

— recibe a nuestros hermanos difuntos en el reino de la felicidad eterna. R.

Luego el celebrante introduce oportunamente la oración del Señor, con estas palabras u otras semejantes:

Siguiendo las palabras y ejemplos de Cristo en su pasión, digamos la oración en la que confiadamente nos entregamos a la voluntad de Dios, nuestro Padre.

Todos:

Padre nuestro...

El celebrante dice a continuación:

Señor, Dios nuestro, que has querido realizar la salvación de todos los hombres por medio de tu Hijo, muerto en la cruz, concédenos, te rogamos,

a quienes hemos conocido en la tierra este misterio alcanzar en el cielo los premios de la redención. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Todos:

Amén.

Luego el celebrante bendice al pueblo como de costumbre y el diácono despide al pueblo.