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Sacerdotes y consagrados


Bendicional

  Baptisterio

BENDICIÓN DE UN CEMENTERIO

RITO DE LA BENDICIÓN

RITOS INICIALES

Cuando sea posible, conviene que la comunidad de fieles se dirija ordenadamente desde la iglesia u otro lugar adecuado hasta el cementerio que se ha de bendecir. Si la procesión no puede hacerse o no parece oportuna, los fieles se reúnen en la entrada del cementerio.

El celebrante saluda a los fieles, diciendo:

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, dador de la vida y triunfador de la muerte, esté con todos vosotros.

U otro saludo semejante.

El pueblo responde: Y con tu espíritu.

O de otro modo adecuado.

Luego el celebrante dispone oportunamente el espíritu de los fieles para la celebración, con estas palabras u otras semejantes:

Queridos hermanos, movidos por la piedad cristiana, hemos venido para bendecir este cementerio, en el cual reposarán los cuerpos de nuestros hermanos, hasta que resplandezca el día del retorno glorioso del Señor. Desde este lugar de dormición, preparado para nuestros hermanos difuntos, levantemos la mirada hacia la ciudad celestial y contemplemos allí a Cristo, muerto y resucitado por nosotros, para que él nos acoja bondadoso cuando resucitemos, ya que nos encarga que estemos ahora en vela aguardándolo.

Terminada la monición, el celebrante dice:

Oremos.

Y todos oran durante algún tiempo en silencio. El celebrante, con las manos extendidas, prosigue:

Oh Dios, que haces de tus fieles la Iglesia que peregrina en la tierra,

para recibirlos un día como habitantes definitivos en el cielo, mira a esta familia tuya,

que ha venido piadosamente al cementerio, y haz que este lugar,

preparado para la inhumación de los cuerpos, le recuerde la vida futura en Cristo, el cual transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso.

Él que vive y reina por los siglos de los siglos. R. Amén.

Terminada la oración, el diácono hace la monición: Marchemos en paz.

Y se organiza la procesión hacia el cementerio de la siguiente manera: precede el crucífero en medio de dos ministros con los ciriales encendidos; sigue el celebrante con los otros ministros, finalmente los fieles.

Mientras avanza la procesión, se canta la antífona: R. Que mi lote, Señor, sea el país de la vida.

O bien la antífona:

R. Abridme las puertas del triunfo, y entraré para dar gracias al Señor.

O bien la antífona:

R. Ésta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella.

Con el salmo 117 (118), u otro salmo tomado preferentemente del Ritual de Exequias[28] (35), u otro canto adecuado.

Salmo 117 (118)

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:

eterna es su misericordia. R.

Diga la casa de Aarón:

eterna es su misericordia. R.

Digan los fieles del Señor:

eterna es su misericordia. R.

En el peligro grité al Señor, y me escuchó, poniéndome a salvo. R.

El Señor está conmigo: no temo;

¿qué podrá hacerme el hombre? El Señor está conmigo y me auxilia, veré la derrota de mis adversarios. R.

Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres, mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes. R.

Todos los pueblos me rodeaban, en el nombre del Señor los rechacé; me rodeaban cerrando el cerco, en el nombre del Señor los rechacé; me rodeaban como avispas, ardiendo como fuego en las zarzas, en el nombre del Señor los rechacé. R.

Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación. R.

Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos: «La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa, la diestra del Señor es poderosa.» R.

No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte. R.

Abridme las puertas del triunfo, y entraré para dar gracias al Señor. R.

—Ésta es la puerta del Señor:

los vencedores entrarán por ella. R.

—Te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación. R.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. R.

Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. Señor, danos la salvación;

Señor, danos prosperidad. R.

—Bendito el que viene en nombre del Señor, os bendecimos desde la casa del Señor; el Señor es Dios, él nos ilumina. R.

—Ordenad una procesión con ramos hasta los ángulos del altar. R.

Tú eres mi Dios, te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo. R.

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. R.

Si no se hace procesión, inmediatamente después de la colecta el celebrante, junto con los ministros y los fieles, entra en el cementerio, mientras se canta la antífona:

R. Oí una voz que decía desde el cielo:

Dichosos los muertos que mueren en el Señor.

Con el salmo 133 (134), u otro canto adecuado.

Salmo 133 (134)

Y ahora bendecid al Señor, los siervos del Señor, los que pasáis la noche en la casa del Señor. R.

Levantad las manos hacia el santuario y bendecid al Señor. R.

El Señor te bendiga desde Sión, el que hizo cielo y tierra. R.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

La procesión se dirige hacia el lugar en que se halla erigida la cruz, donde se hará la lectura de la palabra de Dios, o, si allí no puede hacerse cómodamente, hacia la capilla del cementerio u otro lugar más adecuado.

Luego se lee uno o varios textos de la sagrada Escritura, seleccionados principalmente entre los que propone el Leccionario del Ritual de Exequias[29], intercalando los convenientes salmos responsoriales o guardando un rato de sagrado silencio. La lectura del Evangelio ha de ser el acto más relevante. Si a continuación sigue la celebración de la liturgia eucarística, debe leerse, intercalando el conveniente salmo responsorial, por los menos dos lecturas, tomadas del Leccionario de difuntos[30], la última de las cuales ha de ser del Evangelio.

Terminadas las lecturas, el celebrante hace la homilía, explicando las lecturas bíblicas y el sentido de la muerte cristiana.

ORACIóN DE BENDICIóN

Terminada la homilía, el celebrante, de pie ante la cruz situada en medio del cementerio, bendice la cruz y el recinto del cementerio, diciendo, con las manos extendidas:

Dios del consuelo,

tú, con toda justicia mandaste volver a la tierra los cuerpos mortales modelados de tierra, pero, en tu designio de misericordia, cambiaste este castigo en una prueba de tu amor: en efecto, tú cuidaste de que Abrahán, padre de los creyentes,

tuviera, en la tierra prometida, un lugar de sepultura; tú alabaste la piedad de Tobías, cuando enterraba a los hermanos; tú quisiste que tu Hijo único fuera colocado en un sepulcro nuevo, del que resucitará vencedor de la muerte, ofreciéndonos así una garantía de nuestra resurrección futura. Te pedimos ahora, Señor, que este cementerio,

destinado a la inhumación de los cuerpos, colocado bajo la sombra protectora de la cruz, se convierta, por el poder de tu bendición, + en lugar de descanso y de esperanza;

que aquí descansen en paz los cuerpos de los difuntos,

hasta que resuciten inmortales en la gloriosa venida de tu Hijo; que aquí el pensamiento de los vivos se eleve a la esperanza de lo eterno;

desde aquí suban hasta ti las oraciones de los fieles, como sufragio para los que duermen en Cristo y como alabanza incesante de tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor. R. Amén.

El celebrante pone incienso en el incensario e inciensa la cruz. Luego rocía con agua bendita el cementerio y a los presentes. La aspersión del cementerio puede hacerla desde el centro del recinto o bien rodeando sus paredes, en cuyo caso se canta oportunamente la antífona:

R. Se alegrarán en el Señor los huesos quebrantados.

Con el salmo 50 (51), u otro canto adecuado.

Salmo 50 (51)

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. R.

Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. R.

En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente. Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre. R.

Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduría. Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. R.

Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa. R.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. R.

Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso:

enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti. R.

Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. R.

Los sacrificios no te satisfacen:

si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. R.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar se inmolarán novillos. R.

LITURGIA EUCARÍSTICA O PRECES

Terminado lo anterior, si se celebra el sacrificio eucarístico por los difuntos, el celebrante hace, junto con los ministros, la debida reverencia y besa el altar. Los ministros ponen sobre el altar el corporal, el purificador, el cáliz y el misal; luego llevan el pan, el vino y el agua, y la Misa continúa como de costumbre.

Si se ha de dedicar o bendecir el altar de la capilla del cementerio, sé hará todo, con las adaptaciones necesarias, tal como se indica en el Ritual de la dedicación de iglesias y de altares, del Pontifical Romano[31].

Si no se celebra la Eucaristía, una vez terminada la aspersión del cementerio, el rito concluye con la plegaria común, o en la forma de oración universal acostumbrada en la celebración de la Misa, o en la forma aquí propuesta.

Aclamemos a Cristo, el Señor, que al morir en la cruz borró el pecado y al salir del sepulcro destruyó la muerte:

R. Tú, Señor, eres nuestra vida y nuestra resurrección.

Oh Cristo, Hijo del hombre, que, cuando moriste en la cruz, quisiste tener a tu madre como compañera en tu pasión y, cuando resucitaste, la llenaste de gozo,

— levanta y robustece la esperanza de los decaídos. R.

Oh Cristo, Hijo de Dios vivo, que resucitaste de entre los muertos a tu amigo Lázaro,

— lleva a una resurrección de vida a los difuntos que rescataste con tu sangre preciosa. R.

Oh Cristo, consolador de los afligidos, que enjugaste las lágrimas de la madre viuda que lloraba la muerte de su hijo, haciendo que resucitara, — consuela tanibién ahora a los que lloran la muerte de sus seres queridos. R.

Oh Cristo redentor, ilumina a los que, por no conocerte, viven sin esperanza,

— para que crean también ellos en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro. R.

Oh Cristo, luz del mundo, que, al dar la vista al ciego de nacimiento, hiciste que pudiera mirarte,

— descubre tu rostro a los difuntos que todavía carecen de tu resplandor. R.

Luego el celebrante introduce oportunamente la oración del Señor, con estas palabras u otras semejantes:

Ahora elevemos nuestra mente hacia el Padre celestial y digamos la oración del Señor, para pedir la venida del reino y el perdón de nuestros pecados.

Todos:

Padre nuestro...

Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor.

El celebrante bendice al pueblo, diciendo:

El Dios de todo consuelo, que con amor inefable creó al hombre y en la resurrección de su Hijo

ha dado a los creyentes la esperanza de resucitar, derrame sobre vosotros su bendición. R. Amén.

Él conceda el perdón de toda culpa a los que aún vivimos en el mundo, y otorgue a los que han muerto el lugar de la luz y de la paz. R. Amén.

Y a todos nos conceda vivir eternamente felices con Cristo, al que proclamamos resucitado de entre los muertos. R. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros. R. Amén.

El diácono despide al pueblo.