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Sacerdotes y consagrados


Bendicional

  Casa Religiosa

BENDICIÓN DE UNA NUEVA CASA RELIGIOSA

RITO DE LA BENDICIÓN

RITOS INICIALES

Los religiosos y fieles se reúnen en el lugar donde se ha erigido la nueva casa religiosa, y se interpreta, según convenga, un canto adecuado.

Terminado el canto, el celebrante dice:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Todos se santiguan y responden:

Amén.

Luego el celebrante saluda a los presentes, diciendo:

Dios, fuente y origen de toda santidad, que nunca deja de llamar a los hombres

al seguimiento de Cristo, esté con todos vosotros.

U otras palabras adecuadas, tomadas preferentemente de la sagrada Escritura.

Todos responden:

Y con tu espíritu.

O bien:

A él la gloria por los siglos de los siglos.

O de otro modo adecuado.

El celebrante dispone a los presentes para la celebración, con estas palabras u otras semejantes:

Donde dos o tres se reúnen en el nombre de Cristo, allí está Cristo en medio de ellos. Al bendecir esta casa, en la que vivirán juntos aquellos a los que congrega el amor de Cristo, con el fin de seguirlo fielmente más de cerca en la caridad y la castidad, en la pobreza, y la obediencia, imploramos la bondad de aquel de quien procede todo bien y le suplicamos que los ayude a poner por obra lo que han prometido, buscando en todo, como Jesús, la gloria del Padre; que, hermanados en la oración perseverante, manifiesten la imagen de la Iglesia orante, y, guiados por el Espíritu Santo, trabajen sin descanso, cada cual según su propia vocación, para que Cristo habite siempre en todos nosotros.

Terminada la monición, el celebrante dice:

Oremos.

Y todos oran un rato en silencio. Después el celebrante prosigue:

Oh Dios, que continuamente activas en nosotros el querer y el obrar,

te bendecimos, porque en nuestro peregrinar aquí en la tierra nos concedes el don de anhelar tus atrios. Haz, te pedimos, que estos servidores tuyos, cuya casa hoy inauguramos, te escuchen con fe, te supliquen en la oración, te busquen en su trabajo, te encuentren en toda ocasión y sean testigos de tu Evangelio, para que Cristo difunda en todas partes, por medio de ellos, la fragancia de su conocimiento, hasta que rebosen de gozo cuando se manifieste su gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

Luego los lectores o los diáconos leen uno o varios textos de la sagrada Escritura, de los que se indican en el Leccionario de la Misa por los religiosos[17] o en la consagración de vírgenes y en la profesión religiosa[18], intercalando los convenientes salmos responsoriales o bien espacios de silencio. La lectura del Evangelio ha de ser el acto más relevante.

Pueden emplearse también los textos que se indican a continuación:

Hb 13, 1-3. 5-7. 14-17: Aquí no tenemos ciudad permanente

Escuchad ahora, hermanos, las palabras de la carta a los Hebreos.

Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad; por ella algunos recibieron sin saberlo la visita de unos ángeles. Acordaos de los que están presos, como si estuvierais presos con ellos; de los que son maltratados, como si estuvierais en su carne.

Vivid sin ansia de dinero, contentándoos con lo que tengáis, pues él mismo dijo: «Nunca te dejaré ni te abandonaré»; así tendremos valor para decir: «El Señor es mi auxilio: nada temo; ¿Qué podrá hacerme el hombre? » Acordaos de vuestros dirigentes, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe.

Aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura. Por medio de Cristo, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, el fruto de unos labios que profesan su Nombre.

No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente; ésos son los sacrificios que agradan a Dios. Obedeced con docilidad a vuestros dirigentes, pues ellos se desvelan por vuestro bien, sabiéndose responsables; así lo harán con alegría y sin lamentarse, con lo que salís ganando.

Palabra de Dios.

O bien:

Jn 1, 35-42: Se quedaron con Jesús aquel día

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del santo Evangelio según san Juan.

Al día siguiente, estaba de nuevo Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice:

—«Este es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta:

—«¿Qué buscáis?»

Ellos le, contestaron:

«Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» Él les dijo:

—«Venid y lo veréis.»

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice:

—«Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). » Y lo llevó a Jesús.

Palabra del Señor.

Según las circunstancias, se puede decir o cantar un salmo responsorial u otro canto adecuado.

Salmo responsorial

Sal 132 (133), 2. 3 (R.: 1)

R. Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos.

Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento. R.

Es rocío del Hermón, que va bajando sobre el monte Sión.

Porque allí manda el Señor la bendición: la vida para siempre. R.

O bien:

Sal 23 (24), 1-2. 3-4. 5-6

R. (cf. 6) Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Sal 44 (45), 11-12. 14-15. 16-17

R. (cf. Mt 25, 6) ¡Que llega el esposo, salid a recibir a Cristo, el Señor!

Sal 83 (84), 3. 4. 5. 11. 12

R. (2) ¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! .

Luego el celebrante hace la homilía, en la cual explica las lecturas bíblicas y el significado de la celebración.

PRECES

Sigue la plegaria común. Entre las intercesiones que aquí se proponen, el celebrante puede seleccionar las que le parezcan más adecuadas o añadir otras más directamente relacionadas con las circunstancias del momento o de los presentes.

Cristo, el Señor, prometió permanecer en medio de sus discípulos hasta el final de los tiempos; supliquémosle con humilde y confiado amor: R. Quédate con nosotros, Señor.

Tú que te hiciste hombre de la Virgen María por obra del Espíritu Santo y quisiste habitar entre nosotros;

— agradecidos, te recibimos en nuestra casa. R.

Tú que quisiste vivir en Nazaret con María y José,

— dígnate elegir esta casa como lugar de tu residencia. R.

Tú que prometiste estar en medio de los que se reúnen en tu Nombre, — dirige tu mirada hacia quienes tu amor ha congregado en la unidad. R.

Tú que en la tierra no tuviste donde reclinar la cabeza, — acepta esta casa preparada amorosamente para ti. R.

Tú que prometiste recibir en las moradas eternas a los que te acogen con bondad en la persona de los huéspedes,

— enséñanos a reconocerte en los hermanos, y a servirlos con alegría por amor a ti. R.

ORACIóN DE BENDICIóN

El celebrante, con las manos extendidas, añade a continuación la oración de bendición:

Oh Dios, inspirador y autor de todo santo propósito, atiende benignamente nuestras súplicas, y concede a cuantos habiten en esta casa la gracia de tu bondad;

sea éste un lugar en el que constantemente se medite tu palabra, se practique el amor fraterno, se ejercite una diligente actividad y una incansable ayuda a los hermanos, para que, de este modo,

quienes se han entregado al seguimiento de Cristo presenten ante todos un vivo ejemplo de vida consagrada. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

O bien:

Señor Jesucristo,

tú aseguraste que quienes profesan los consejos evangélicos tienen preparada una morada en el cielo; guarda y rodea con el muro de tu protección esta casa religiosa que ahora bendecimos, para que cuantos han de vivir en ella se mantengan unidos por la caridad fraterna, en actitud de servicio generoso a ti y a los hermanos; sean, con su vida, testigos del Evangelio y fomenten la piedad cristiana.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R. Amén.

Después de la oración de bendición, el celebrante rocía con agua bendita a los presentes y la casa, mientras se canta la antífona:

Ant. Donde hay caridad y amor, allí está Dios.

Nos congregó y unió el amor de Cristo.

Regocijémonos y alegrémonos en él. Temamos y amemos al Dios vivo, y amémonos con corazón sincero.

Ant. Donde hay caridad y amor, allí está Dios.

Pues estamos en un cuerpo congregados, cuidemos no se divida nuestro afecto.

Cesen las contiendas malignas, cesen los litigios, y en medio de nosotros esté Cristo Dios.

Ant. Donde hay caridad y amor, allí está Dios.

Veamos juntamente con los santos tu glorioso rostro, ¡oh Cristo Dios! Éste será gozo inmenso y puro, por los siglos de los siglos infinitos.

U otro canto adecuado.

CONCLUSIóN DEL RITO

Luego el diácono, según las circunstancias, invita a los presentes a recibir la bendición, con estas palabras u otras semejantes:

Inclinaos para recibir la bendición.

El celebrante, con las manos extendidas sobre los presentes, concluye el rito, diciendo:

Dios, que nos concede habitar en esta casa, nos guarde de toda perturbación interior y exterior, nos infunda el consuelo del Espíritu Santo y nos dé la perseverancia y la fidelidad en el santo propósito de vivir consagrados a él.

R. Amén.

Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo.

R. Amén.

O bien:

Dios, Padre todopoderoso os bendiga,

para que sea ésta una santa morada en la que ofrezcáis culto en su presencia.

R. Amén.

Cristo, el Señor,

habite por la fe en vuestros corazones y os transmita el reino en la casa de su Padre.

R. Amén.

El Espíritu Santo

viva con vosotros y esté con vosotros, para que el gozo que ahora experimentáis llegue a su feliz cumplimiento.

R. Amén.

Finalmente bendice a todos los presentes, diciendo:

Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo.

R. Amén.

Es aconsejable terminar el rito con un canto adecuado.