Sacerdotes y consagrados


Bendicional

  Ambón y Sagrario

BENDICIÓN DE UN NUEVO AMBÓN Y SAGRARIO

I. BENDICIÓN CON OCASIÓN DE LA INAUGURACION DE UN

NUEVO AMBÓN

A. En la celebración de la Misa

La Misa se celebra en todo como de costumbre, hasta la oración colecta inclusive. En la procesión de entrada, se lleva el evangeliario y se deposita sobre el altar. Es de aconsejar que la proclamación de la palabra de Dios se desarrolle de la siguiente manera: dos lectores, uno de los cuales lleva el leccionario de la Misa, junto con el salmista, se acercan al celebrante.

El celebrante, de pie, toma el leccionario, lo muestra al pueblo y pronuncia estas palabras u otras adecuadas:

Resuene en esta casa la palabra de Dios, para que conozcáis el misterio de Cristo y se realice vuestra salvación dentro de la Iglesia.

Todos responden:

Amén.

O de otro modo adecuado.

Luego el celebrante entrega el leccionario al primer lector. Los lectores y el salmista se dirigen al ambón, llevando el leccionario, de modo que todos puedan verlo.

Las lecturas se toman de la Misa del día, o bien pueden seleccionarse del modo siguiente: la primera lectura, del libro de Nehemías 8, 1-4a. 5-6. 8-10, seguida de Sal 18B (19B), 8-9. 10. 15, con la respuesta: Tus palabras, Señor, son espíritu y vida; si se proclama una segunda lectura, puede escogerse de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 3, 14-4, 5a; en cuanto al Evangelio, es aconsejable proclamar el texto de Lucas 4, 14-22a, anteponiendo la aclamación: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios, con o sin Aleluya, según el tiempo litúrgico.

Después de la segunda lectura, el diácono, o en su defecto un presbítero, toma el evangeliario del altar y, precedido de los ministros con los cirios y el incienso, lo lleva al ambón.

Después del Evangelio, el celebrante hace la homijía, en la cua explica las lecturas bíblicas y la presencia de Cristo en la palabra de Dios.

Luego la Misa continúa en la forma acostumbrada; si se juzga oportuno, se añade el Credo, de modo que los fieles se den cuenta de que hay que responder con la fe a Dios que les habla.

B. En una celebración de la palabra de Dios

Si la bendición del ambón se hace en una celebración de la palabra de Dios, se procederá del modo siguiente: el celebrante, después del saludo, exhorta brevemente a los fieles con el fin de disponerlos a la celebración y explicar su significado. Puede hacerlo con estas palabras u otras semejantes:

Nos hemos reunido aquí, hermanos, para inaugurar este ambón y destinarlo al uso sagrado, para que aparezca ante todos como un signo de aquella mesa de la palabra de Dios que nos ofrece el primer y necesario alimento de nuestra vida cristiana.

Prestemos a esta celebración la mayor atención, escuchando con fe a Dios, que nos habla, para que sus palabras sean realmente para nosotros espíritu y vida.

Terminada la monición, el celebrante dice:

Oremos.

Y todos oran durante algún tiempo en silencio. Luego el celebrante continúa, con las manos extendidas:

Oh Dios, tú nos amas tanto

que hasta te dignas hablarnos como amigos; concédenos la gracia del Espíritu Santo, para que, al gozar de la dulzura de tu palabra, nos llenemos del pleno conocimiento de tu Hijo.

Que vive y reina por los siglos de los siglos.

R. Amén.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

Luego se leen Agunos textos adecuados de la sagrada Escritura seguidos oportunamente de un salmo responsorial o de un sagrado silencio meditativo. La lectura del Evangelio ha de ser siempre el acto más relevante.

Ne 8, l4a. 5-6. 8-10: Esdras, el escriba, estaba de pie en el púlpito de madera que había hecho para hablar

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del libro de Nehemías.

En aquellos días, todo el pueblo se reunió como un solo hombre en la plaza que se abre ante la Puerta del Agua, y pidió a Esdras, el letrado, que trajera el libro de la Ley de Moisés, que Dios había dado a Israel. El sacerdote Esdras trajo el libro de la Ley ante la asamblea, compuesta de hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón. Era mediados del mes séptimo. En la plaza de la Puerta del Agua, desde el amanecer hasta el mediodía, estuvo leyendo el libro a los hombres, a las mujeres y a los que tenían uso de razón. Toda la gente seguía con atención la lectura de la Ley.

Esdras, el escriba, estaba de pie en el púlpito de madera que había hecho para esta ocasión. Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo —pues se hallaba en un puesto elevado— y, cuando lo abrió, toda la gente se puso en pie. Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió:

—«Amén, amén. »

Después se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra. Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieran la lectura. Nehernías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y escriba, y los levitas que enseñaban al pueblo decían al pueblo entero:

—«Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis.»

Porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la Ley. Y añadieron:

—«Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.»

Palabra de Dios.

Pueden también leerse: 2Tm 3, 14-4, 5a; Le 4, 16-22a.

Salmos responsoriales: Sal 18B (19B), 8-9. 10. 15 (R.: cf. Jn 63c)

R. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. R.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable;

los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. R.

Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío. R.

O bien:

Sal 118 (119), 129. 130. 133. 135. 144

R. (105) Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor.

Terminadas las lecturas, el celebrante hace la homilía. En ella explica las lecturas bíblicas y la presencia de Cristo en la palabra de Dios.

Si se estima oportuno, se puede decir o cantar el Credo.

PRECES

Luego se hace la plegaria común. Entre las invocaciones que aquí se proponen, el celebrante puede seleccionar las que le parezcan más adecuadas o añadir otras más directamente relacionadas con las circunstancias del momento.

Hermanos, Dios Padre nos ha dado su Palabra hecha carne para que la escuchemos y encontremos en ella el alimento de nuestra fe. Pidamos juntos:

R. La palabra de Cristo habite entre nosotros en toda su riqueza.

Haz, Señor, que los discípulos de Cristo, tu Hijo, sientan hambre intensa de tu palabra y sean en el mundo fieles testigos de ella. R.

Concédenos, Señor, que la meditación asidua de tu palabra nos haga fervorosos en la fe y entregados siempre a las buenas obras, R.

Aumenta en nosotros, Señor, con la luz de tu palabra, el conocimiento de ti y de nosotros mismos, para que te amemos más y te sirvamos con mayor fidelidad. R.

Asiste, Señor, a los ministros de tu palabra, para que crean de corazón y cumplan en su vida lo que proclaman con sus labios. R.

ORACIóN DE BENDICIóN

Luego el celebrante, con las manos extendidas, prosigue:

Oh Dios, que te has dignado llamar a los hombres a salir de la tiniebla y a entrar en tu luz maravillosa, es justo que te demos gracias, porque nunca dejas, de saciarnos con el sabroso alimento de tu palabra, y porque, siempre que nos reunimos en esta iglesia, nos recuerdas y aclaras las maravillas de tu revelación. Te pedimos, Señor, que en este lugar la voz de tu Hijo llegue siempre a nuestros oídos, y que, dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo, no nos limitemos a escuchar tu palabra, sino que la llevemos con decisión a la práctica. Que, en este lugar, los que proclaman tu palabra nos enseñen el camino de la vida, para que nosotros, recorriéndolo valientemente, sigamos a Cristo, el Señor, y alcancemos la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

CONCLUSIóN DEL RITO

El celebrante concluye el rito, diciendo, con las manos extendidas sobre los fieles:

El Señor os bendiga con todas las bendiciones del cielo y os mantenga siempre santos y puros en su presencia; que él derrame sobre vosotros, con abundancia, las riquezas de su gloria,

os instruya con la palabra de la verdad, os oriente con el Evangelio de la salvación y os haga siempre ricos en caridad fraterna.

R. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.

R. Amén.

Es aconsejable terminar el rito con un canto adecuado.

II. BENDICIÓN CON OCASIÓN DE LA INAUGURACIÓN DE UN

NUEVO SAGRARIO

El rito de esta bendición va unido a la celebración de la Misa. En ella, es conveniente elegir, observando las debidas normas, las lecturas y oraciones de las misas de la sagrada Eucaristía[23]. En la homilía, después de la explicación de la palabra de Dios, se ilustrará siempre de algún modo a los fieles sobre el significado de este rito.

Hecha la oración universal, el celebrante, situado cerca del sagrario que se va a bendecir, vuelto hacia la asamblea, invita a los fieles a la oración, diciendo:

Oremos.

Y, según las circunstancias, todos oran durante algún tiempo en silencio.

Luego dice la oración de bendición, con las manos extendidas:

Señor, Padre santo,

que has dado a los hombres el verdadero pan del cielo, dígnate bendecirnos a nosotros y a este sagrario, destinado a la reserva del sacramento del cuerpo y sangre de tu Hijo,

y haz, con.esta bendición, que, al adorar a Cristo aquí presente, nos unamos constantemente a su misterio de redención.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

Luego el celebrante pone incienso e inciensa el sagrario.

La Misa continúa como de costumbre, pero, después de la comunión de los fieles, se deja sobre la mesa del altar la píxide con el santísimo sacramento.

Dicha la oración después de la comunión, habida cuenta de las circunstancias del lugar y de la celebración, puede organizarse, del modo acostumbrado, una procesión a través de la iglesia hacia la capilla o lugar donde se halla el sagrario que se ha bendecido.

Mientras avanza la procesión, se canta la antífona:

R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Con el salmo 33 (34), 2-3. 4-5. 6-7. 8-9, o un canto apropiado, por ejemplo, Salve, Cuerpo verdadero, nacido de María Virgen, u otro adecuado.

Salmo

33 (34), 2-3. 4-5. 6-7. 8-9

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor:

que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. R.

Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. R.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege.

Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. R.

Cuando la procesión ha llegado al sagrario, el celebrante introduce la píxide, dejando abierta la puerta. Pone incienso e inciensa de rodillas el santísimo sacramento. Después de un tiempo prudencial, en el que todos oran en silencio, se cierra la puerta del sagrario.

Entonces, si puede hacerse cómodamente, el diácono, si lo hay, o el mismo celebrante, hace, según las circunstancias, la invitación, con estas palabras u otras semejantes:

Inclinaos para recibir la bendición.

El celebrante, con las manos extendidas sobre el pueblo, lo bendice, diciendo:

Dios omnipotente y misericordioso,

cuyo Hijo fue su templo verdadero y vivo en la tierra, por el misterio de su muerte y resurrección, que adoráis, os bendiga y santifique.

R. Amén.

Cristo, que subió al cielo de manera visible, para prepararos sitio en la casa del Padre, y que está aquí presente, en el sacramento, de manera invisible,

para perpetuar la eficacia de su sacrificio, os dé siempre ayuda y fortaleza.

R. Amén.

Que nuestro Señor, presente en la Eucaristía, cuando vengáis aquí a meditar la obra de salvación, se convierta para todos vosotros en fuente inagotable de agua para la vida eterna.

R. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso,

Padre, Hijo + y Espíritu Santo,

descienda sobre vosotros y os acompañe siempre.

R. Amén.

O bien, orando sobre el pueblo el celebrante dice:

Concede a tus fieles, Señor, un aumento constante de fe y de gracia, para que, meditando asiduamente

el amor de tu Hijo, que permanece entre nosotros, frecuentemos con provecho el memorial de nuestra salvación.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

Después de la oración, añade:

Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros y os acompañe siempre.

R. Amén.

Si no hay procesión, dicha la oración después de la comunión, se deposita la píxide en el sagrario, cuya puerta permanece abierta. El celebrante pone incienso e inciensa de rodillas el santísimo sacramento.

Finalmente, después de un tiempo prudencial, en el que, todos oran en silencio, el celebrante cierra la puerta del sagrario y bendice al pueblo, empleando una de las fórmulas indicadas en los núms. 1028-1029.

El diácono, si lo hay, o el mismo celebrante, despide al pueblo en la forma acostumbrada.