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Mientras el sacerdote se reviste, considera cómo se preparó el Señor para su Pasión, en Getsemaní.

El Señor conoce con detalle lo que va a ocurrir en las próximas horas, los sufrimientos y los enormes dolores de todo tipo que le esperan. Hace oración con Dios Padre, y acepta su voluntad. ¡Aceptarla le lleva a sudar sangre! Pero busca también el consuelo en tres hombres. ¡Mi alma está triste hasta la muerte! ¡Por el amor de Dios,no me dejéis en este momento! ¡Velad conmigo!... Y los Apóstoles se duermen. ¡Jesús, ayúdame a estar vigilante para acompañarte y consolarte en tu Pasión!

Judas, por el contrario, está muy activo esa noche. Prenden a Jesús y lo atan. Como si fuese un criminal lo arrastran a trompicones por las calles. Es interrogado por tribunales injustos. Sirve de diversión a unos cuantos hombres caprichosos. Atado a una columna, es flagelado y salvajemente golpeado.

Y, por fin, entregado al suplicio de la cruz. Pasa Jesús entre la gente que grita, defendido por los soldados romanos, dando tumbos bajo el peso del travesaño. Gritos, golpes, empujones... Miradle ahora. Aquí viene el que se creía Hijo de Dios. Insultos, burlas y blasfemias son los adornos de este Rey. ¡Cómo gritan! ¿No oyes? Mira cómo tratan a tu Dios. ¿Qué hacen con Él?